lunes, 8 de diciembre de 2014
viernes, 21 de noviembre de 2014
Dos apuntes sobre la génesis de la salsa. De una lectura del libro de Tablante.
El dólar de la salsa. Del barrio latino a la industria global de fonogramas, 1971-1999 (Iberoamericana, 2014), de Leopoldo Tablante, no es un libro de mitología musical. No vamos a encontrar aquí demasiada referencias a artistas, álbumes y canciones ineludibles. O no es eso lo más importante. Lo que encontramos aquí es un estudio sobre el contexto en el que surge la salsa y sobre el proceso por el cual esta "manera de hacer" música deviene, y se desarrolla como, producto de mercado.
Dos apuntes sobre la génesis de la salsa.
El gueto latino. La salsa es una "manera de hacer música" que nace a mediados de los sesenta en el Spanish Harlem en el contexto de las relaciones entre el Estado Libre Asociado antillano y Estados Unidos. En su origen, la salsa es un modo de representación fundamentalmente nuyorican. Un modo de representación de los pobladores del gueto latino de Nueva York. La perspectiva doble a la hora de entender el concepto de gueto nos permite comprender por qué dentro de espacios sociales pauperizados pueden surgir este tipo de manifestaciones artísticas.
"El gueto es una congregación de grupos humanos situados en los sectores más precarios de la estructura económica de la ciudad pero al mismo tiempo es una región homogeneizada histórica y culturalmente."
O sea, el gueto no es sólo un espacio geográfico en el que un grupo de personas viven con poco dinero. El gueto constituye el espacio social donde esas personas generan sus propias claves de convivencia, sus escala de valores y su identidad.
La principal característica del barrio latino, a parte de la evidente pobreza de sus pobladores sería "la inscrustación del mundo rural" en la dinámica de la vida urbana. Teniendo en mente esa dialéctica del habitar, es fácil entender por qué la salsa se convirtió también en la expresión musical propia de los barrios de las grandes ciudades latinoamericanas.
¿Por qué Cuba? ¿Por qué los nuyoricans, en lugar de tomar como estructura principal de la salsa alguno de los estilos populares propios de Puerto Rico, como la bomba o la plena, se miraron en el espejo afrocubano?
1) El son montuno cubano tocado a la manera de Arsenio Rodríguez conectaba más con la sensibilidad de los expatriados borinqueños. Había ciertas equivalencias nómadas, ciertas similitudes existenciales, entre lo vivido por los cubanos en su isla (la problemtica del éxodo del campo a la ciudad, de nuevo) y lo que experimentaron los puertorriqueños que llegaron a Nueva York a buscarse la vida. Además, a diferencia de la plena o la bomba, cuyas descripiciones giraban en torno al mundo rural, el son montuno aludía a las complejidades propias del modo de vida urbano. Hay quien discrepa de todo esto. Willie Colón, por ejemplo, decía que podía pasarse toda la noche tocando salsa sin hacer ni una sola referencia a la música cubana.
2) La música afrocubana había gozado de cierta popularidad en el Nueva York de los años 30 y 40. A finales de los cincuenta, tras el agotamiento comercial del mambo y del chachachá, la música latina vuelve a replegarse en el barrio, de mayoría puertorriqueña. La música afrocubana es la música que por cercanía e identificación simbólica van a escuchar los nuyoricans de la época.
Dos apuntes sobre la génesis de la salsa.
El gueto latino. La salsa es una "manera de hacer música" que nace a mediados de los sesenta en el Spanish Harlem en el contexto de las relaciones entre el Estado Libre Asociado antillano y Estados Unidos. En su origen, la salsa es un modo de representación fundamentalmente nuyorican. Un modo de representación de los pobladores del gueto latino de Nueva York. La perspectiva doble a la hora de entender el concepto de gueto nos permite comprender por qué dentro de espacios sociales pauperizados pueden surgir este tipo de manifestaciones artísticas.
"El gueto es una congregación de grupos humanos situados en los sectores más precarios de la estructura económica de la ciudad pero al mismo tiempo es una región homogeneizada histórica y culturalmente."
O sea, el gueto no es sólo un espacio geográfico en el que un grupo de personas viven con poco dinero. El gueto constituye el espacio social donde esas personas generan sus propias claves de convivencia, sus escala de valores y su identidad.
La principal característica del barrio latino, a parte de la evidente pobreza de sus pobladores sería "la inscrustación del mundo rural" en la dinámica de la vida urbana. Teniendo en mente esa dialéctica del habitar, es fácil entender por qué la salsa se convirtió también en la expresión musical propia de los barrios de las grandes ciudades latinoamericanas.
¿Por qué Cuba? ¿Por qué los nuyoricans, en lugar de tomar como estructura principal de la salsa alguno de los estilos populares propios de Puerto Rico, como la bomba o la plena, se miraron en el espejo afrocubano?
1) El son montuno cubano tocado a la manera de Arsenio Rodríguez conectaba más con la sensibilidad de los expatriados borinqueños. Había ciertas equivalencias nómadas, ciertas similitudes existenciales, entre lo vivido por los cubanos en su isla (la problemtica del éxodo del campo a la ciudad, de nuevo) y lo que experimentaron los puertorriqueños que llegaron a Nueva York a buscarse la vida. Además, a diferencia de la plena o la bomba, cuyas descripiciones giraban en torno al mundo rural, el son montuno aludía a las complejidades propias del modo de vida urbano. Hay quien discrepa de todo esto. Willie Colón, por ejemplo, decía que podía pasarse toda la noche tocando salsa sin hacer ni una sola referencia a la música cubana.
2) La música afrocubana había gozado de cierta popularidad en el Nueva York de los años 30 y 40. A finales de los cincuenta, tras el agotamiento comercial del mambo y del chachachá, la música latina vuelve a replegarse en el barrio, de mayoría puertorriqueña. La música afrocubana es la música que por cercanía e identificación simbólica van a escuchar los nuyoricans de la época.
martes, 18 de noviembre de 2014
A2
Al meter la mano en el bolsillo del chaquetón y no encontrar el sobre con el dinero experimento una sensación parecida a la del trabajador de una cadena de montaje que extendiera su mano y en lugar de tomar la pieza que espera y que la máquina todavía no le ofrece -pues debido a la repetición constante de los mismos movimientos este hombre ha conseguido ser más rápido que la propia maquinaria- lo que palpara fuera el vacío. Esta nada palpable justo ahí donde más bien debería de haber algo produce un micro-pinchazo eléctrico en un punto determinado del cerebro, un pequeño cortocircuito que poco a poco, jornada tras jornada, va mermando cada vez más la cordura de este operario, cuyo previsible destino implica una sucesión de problemas psicosomáticos, desencuentros amorosos y bajas por depresión que culmina con su muerte laboral y social.
¿Pero dónde coño he puesto los mil euros?
Mil euros, quinientos de mi novia y quinientos míos. Mil euros que iban a ser ingresados en una cuenta conjunta. Hago footbreak, que significa que freno con un pie, y me bajo del patín. Estoy parado en mitad de la plaza y creo que voy a llorar. La última vez que lloré fue viendo el telediario. Y la anterior con el final de una novela de Junot Díaz. Parece que solo lloro con la ficción, pero no, también puedo llorar por dinero. Por su pérdida.
PAUSE:
Fue hace más de quince años. Acababa de terminar de trabajar como extra en una cafetería que había montado mi tía en un centro comercial. Durante diez horas serví cafés, serví tostadas, serví zumos, serví bocadillos, serví minipizzas, serví sonrisas radiantes y serví buenas palabras, esfuerzo que mi tía entendió que valía cinco mil pesetas. Con el flamante billete en el bolsillo salí con la intención de dirigirme a la feria, porque era joven, era mayo y era Córdoba. Un coche paró a mi lado y desde el interior una mujer me preguntó si sabía dónde quedaba la feria. Le contesté que yo iba para allá y que si me llevaban podía indicarles. Me venía de perlas porque estaba muy cansado y el recinto ferial estaba en la otra punta de la ciudad. Me subí en la parte de atrás y mantuvimos una de esas conversaciones inconexas que se dan entre desconocidos. En un momento determinado la conductora paró el coche, saco de la guantera un espejito y preguntó si teníamos un billete. Yo me sentía en deuda con ellas por haberme ahorrado la caminata así que les ofrecí el mío. Pese a que rechacé la raya que me ofrecieron no recuerdo qué fue lo que pasó, el caso es que cuando llegué a la caseta donde había quedado con mis amigos y me busqué el billete, allí no había nada. Y lloré. Recordaba el billete cilíndrico y el montoncito de farlopa sobre el espejo y los zumos y las tostadas y los cafés y las sonrisas falsas y las buenas palabras y la camisa blanca de camarero y mis zapatos baratos y no podía parar de llorar. Una amiga me hizo un porro y me abrazó. Según ella esa noche no me iba a faltar de nada.
REC:
Ya sé dónde están los mil euros. Los tienes tú.
¿Pero dónde coño he puesto los mil euros?
Mil euros, quinientos de mi novia y quinientos míos. Mil euros que iban a ser ingresados en una cuenta conjunta. Hago footbreak, que significa que freno con un pie, y me bajo del patín. Estoy parado en mitad de la plaza y creo que voy a llorar. La última vez que lloré fue viendo el telediario. Y la anterior con el final de una novela de Junot Díaz. Parece que solo lloro con la ficción, pero no, también puedo llorar por dinero. Por su pérdida.
PAUSE:
Fue hace más de quince años. Acababa de terminar de trabajar como extra en una cafetería que había montado mi tía en un centro comercial. Durante diez horas serví cafés, serví tostadas, serví zumos, serví bocadillos, serví minipizzas, serví sonrisas radiantes y serví buenas palabras, esfuerzo que mi tía entendió que valía cinco mil pesetas. Con el flamante billete en el bolsillo salí con la intención de dirigirme a la feria, porque era joven, era mayo y era Córdoba. Un coche paró a mi lado y desde el interior una mujer me preguntó si sabía dónde quedaba la feria. Le contesté que yo iba para allá y que si me llevaban podía indicarles. Me venía de perlas porque estaba muy cansado y el recinto ferial estaba en la otra punta de la ciudad. Me subí en la parte de atrás y mantuvimos una de esas conversaciones inconexas que se dan entre desconocidos. En un momento determinado la conductora paró el coche, saco de la guantera un espejito y preguntó si teníamos un billete. Yo me sentía en deuda con ellas por haberme ahorrado la caminata así que les ofrecí el mío. Pese a que rechacé la raya que me ofrecieron no recuerdo qué fue lo que pasó, el caso es que cuando llegué a la caseta donde había quedado con mis amigos y me busqué el billete, allí no había nada. Y lloré. Recordaba el billete cilíndrico y el montoncito de farlopa sobre el espejo y los zumos y las tostadas y los cafés y las sonrisas falsas y las buenas palabras y la camisa blanca de camarero y mis zapatos baratos y no podía parar de llorar. Una amiga me hizo un porro y me abrazó. Según ella esa noche no me iba a faltar de nada.
REC:
Ya sé dónde están los mil euros. Los tienes tú.
lunes, 17 de noviembre de 2014
Autoficción 1 (En adelante A2, A3...AN)
(Autoficción: el protagonista soy yo convertido en personaje. O sea, que no soy yo. Lo que le pasa al prota puede basarse tanto en hechos reales como en la imaginación del autor. Los personajes que aparezcan por aquí no serán personas reales en ningún caso.)
Tres semanas después de que el tobillo se me torciera a traición y adoptara la forma de un melón de Villaconejos me dispongo a coger de nuevo el long. Tengo que ir al banco y voy a grabarlo todo.
REC:
El patio comunitario está lleno de plantas bien cuidadas cuyos nombres, tanto comunes como científicus, desconozco. Llevo mil euros en el bolsillo del chaquetón. Jesús, el portero, me devuelve el buenos días sin levantar la cabeza de la fregona. Sé poco de Jesús, que es español, blanco, calvo, que tiene unos 60 años y un hijo que viene de vez en cuando a suplirlo, que le gusta escuchar música o la radio mientras trabaja, que es estimado por algunos vecinos, que lee periódicos gratuitos. Se mueve por el edificio con el flow de los que llevan en el mismo sitio mucho tiempo, con fluidez, casi como si la finca fuera suya; con dignidad, casi como si se supiera imprescindible. Piso el suelo recién fregado con expresión de culpa, con un pelín más de expresión que de culpa, y salgo a la calle. Hay tanta luz que me siento la cara oculta de los ojos. Me pongo el casco y oigo a mi espalda: ¡Hey, hermano! Mahamadou está sentado en un banco negro de falsa forja, bebiendo cerveza y fumando cigarrillos. Lo que sé de Mahamadou: que es negro, senegalés, calvo, que tiene entre cuarenta y dos años -esa fue la edad que me dijo que tenía la primera vez que le pregunté- y cincuenta y tres. Que en Senegal fue policía y profesor de karate, que tiene dos niñas en su país y que vende por las calles de Madridcentro bolsos y complementos varios, pero que evita la manta porque tiene la espalda regular y al parecer es un trabajo muy duro. Tuvo una enfermedad ocular hace poco que estuvo a punto de dejarlo ciego, pero gracias a la gente de Yo Sí Sanidad Universal Lavapiés pudo operarse y ahora ve mejor que yo. Pasa muchas horas en la puerta de la tienda de conveniencia que hay frente a mi trabajo. A veces una jornada laboral completa. Pensativo y cordial, saludando a todo aquel que se deje saludar, plantado en esos dos metros cuadrados de España, la temporalidad europea va atravesando a este africano negándole casi todo; menos latas de cerveza de medio litro y arrugas. Hace poco que se ha empadronado con nosotros, en nuestra casa. Vive en una okupa: si lo pilla la policía vendiendo su género y sin un documento que acredite que está empadronado en algún lado pueden ingresarlo en un centro de internamiento de inmigrantes o expulsarlo del país directamente. Me regala un caramelo de menta y nos decimos adiós. Antes de enfilar la cuesta de Ave María vuelvo a mirarlo y me grita: Mejor, hermano, mejor. Y yo no estoy muy seguro de lo que quiere decirme con esto, si mejor es que patine, que me vaya, que lo haya vuelto a mirar una vez que nos habíamos despedido o qué. Mejor, Mahamadou, mejor.
La calle Ave María es una cuesta empinada partida en dos por una carretera de adoquines que si la enfilas hacia abajo montado en el monopatín se convierte en una peligrosa dirección prohibida. Me mantengo en la acera todo el tiempo que puedo muy atento en esquivar a los transeuntes y a las losetas levantadas. La última vez que di con una loseta mal avenida se me encajaron las dos ruedas traseras en el saliente y volé. Volé mucho, dos o tres metros, aterricé con todo el dolor de mi muñeca derecha y mi cadera cerca de un señor que estaba tomándose un café americano en la terraza de la taberna La Mina. Al verme tirado en el suelo, sentenció: No pasa nada. Y en aquella ocasión tampoco supe muy bien qué quería decir este hombre, si era que que no le había molestado que cayera junto a él, si no pasaba nada porque me estuviera doliendo el cuerpo dado que el cuerpo, al fin y al cabo, es el lastre del alma, si no pasaba nada en general o si lo que pasaba era nada, en plan nihilista. Me incorporo en la carretera en dirección contraria al fluir de los coches y empiezo a sentir las energías (por llamar a esto que siento de algún modo), la llamada, de los establecimientos por donde paso: Go Vegan, donde siempre que quiera puedo comprar carne falsa hecha a base de soja ecológica, Bar Los Gamos, la antítesis de Go Vegan hecha bar, donde jamás me he sentado, el Chino Guay, al que denomino de este modo porque no sé cómo se llama y vende los ingredientes de la sopa agripicante que ahora se cocina en mi casa, Bajoelvolcán Vinilos y Libros, donde me gasto el dinero que a veces no tengo, Olivia Bar, el garito al que yo iría si yo fuera de bares, Supermercado Día, que cuando abrió tuvo una movida a propósito de los cimientos con la comunidad de vecinos que quedó en agua de borrajas, La Inquilina, que más que llamarme me repele, Viva Chapata, donde ponen comida vegana hecha con cariño, Café Barbieri, cuya ornamentación me desata complejo de clase, etc, etc. El tramo comercial que va de mi casa a la Plaza de Lavapiés, en definitiva. Y ya en la plaza, donde ahora desemboco, el sonido de un radiocassette emite un merengue pachanguero, cinco niños juegan al fútbol a balonazo limpio, una señora reparte vasos de plástico en los que se transparenta un líquido amarillento a un grupo de latinoamericanos, un guiri toca la guitarra sentado en un banco mientras se torna cada vez más rubio, un río de orina desbordado se aproxima desde Travesía de la Primavera, una nube de humo verde flota frente a la puerta del Carrefour, dos madres juegan en el minúsculo espacio recreativo de la plaza -tres columpios- con sus hijos, un hombre avanza haciendo eses en un monopatín con cara de querer registrarlo todo, tres bengalíes fuman de pie, otro pasa con un carro hasta arriba de cajas de fruta, una señora se queda parada frente al quiosco de prensa un buen rato y luego se va sin comprar nada, una lata de cerveza vacía comienza a levitar, un diente cae al suelo, una mancha de vino tinto se materializa en una sudadera blanca. Y, sí, un sobre con mil euros, de repente, deja de estar donde estaba.
Tres semanas después de que el tobillo se me torciera a traición y adoptara la forma de un melón de Villaconejos me dispongo a coger de nuevo el long. Tengo que ir al banco y voy a grabarlo todo.
REC:
El patio comunitario está lleno de plantas bien cuidadas cuyos nombres, tanto comunes como científicus, desconozco. Llevo mil euros en el bolsillo del chaquetón. Jesús, el portero, me devuelve el buenos días sin levantar la cabeza de la fregona. Sé poco de Jesús, que es español, blanco, calvo, que tiene unos 60 años y un hijo que viene de vez en cuando a suplirlo, que le gusta escuchar música o la radio mientras trabaja, que es estimado por algunos vecinos, que lee periódicos gratuitos. Se mueve por el edificio con el flow de los que llevan en el mismo sitio mucho tiempo, con fluidez, casi como si la finca fuera suya; con dignidad, casi como si se supiera imprescindible. Piso el suelo recién fregado con expresión de culpa, con un pelín más de expresión que de culpa, y salgo a la calle. Hay tanta luz que me siento la cara oculta de los ojos. Me pongo el casco y oigo a mi espalda: ¡Hey, hermano! Mahamadou está sentado en un banco negro de falsa forja, bebiendo cerveza y fumando cigarrillos. Lo que sé de Mahamadou: que es negro, senegalés, calvo, que tiene entre cuarenta y dos años -esa fue la edad que me dijo que tenía la primera vez que le pregunté- y cincuenta y tres. Que en Senegal fue policía y profesor de karate, que tiene dos niñas en su país y que vende por las calles de Madridcentro bolsos y complementos varios, pero que evita la manta porque tiene la espalda regular y al parecer es un trabajo muy duro. Tuvo una enfermedad ocular hace poco que estuvo a punto de dejarlo ciego, pero gracias a la gente de Yo Sí Sanidad Universal Lavapiés pudo operarse y ahora ve mejor que yo. Pasa muchas horas en la puerta de la tienda de conveniencia que hay frente a mi trabajo. A veces una jornada laboral completa. Pensativo y cordial, saludando a todo aquel que se deje saludar, plantado en esos dos metros cuadrados de España, la temporalidad europea va atravesando a este africano negándole casi todo; menos latas de cerveza de medio litro y arrugas. Hace poco que se ha empadronado con nosotros, en nuestra casa. Vive en una okupa: si lo pilla la policía vendiendo su género y sin un documento que acredite que está empadronado en algún lado pueden ingresarlo en un centro de internamiento de inmigrantes o expulsarlo del país directamente. Me regala un caramelo de menta y nos decimos adiós. Antes de enfilar la cuesta de Ave María vuelvo a mirarlo y me grita: Mejor, hermano, mejor. Y yo no estoy muy seguro de lo que quiere decirme con esto, si mejor es que patine, que me vaya, que lo haya vuelto a mirar una vez que nos habíamos despedido o qué. Mejor, Mahamadou, mejor.
La calle Ave María es una cuesta empinada partida en dos por una carretera de adoquines que si la enfilas hacia abajo montado en el monopatín se convierte en una peligrosa dirección prohibida. Me mantengo en la acera todo el tiempo que puedo muy atento en esquivar a los transeuntes y a las losetas levantadas. La última vez que di con una loseta mal avenida se me encajaron las dos ruedas traseras en el saliente y volé. Volé mucho, dos o tres metros, aterricé con todo el dolor de mi muñeca derecha y mi cadera cerca de un señor que estaba tomándose un café americano en la terraza de la taberna La Mina. Al verme tirado en el suelo, sentenció: No pasa nada. Y en aquella ocasión tampoco supe muy bien qué quería decir este hombre, si era que que no le había molestado que cayera junto a él, si no pasaba nada porque me estuviera doliendo el cuerpo dado que el cuerpo, al fin y al cabo, es el lastre del alma, si no pasaba nada en general o si lo que pasaba era nada, en plan nihilista. Me incorporo en la carretera en dirección contraria al fluir de los coches y empiezo a sentir las energías (por llamar a esto que siento de algún modo), la llamada, de los establecimientos por donde paso: Go Vegan, donde siempre que quiera puedo comprar carne falsa hecha a base de soja ecológica, Bar Los Gamos, la antítesis de Go Vegan hecha bar, donde jamás me he sentado, el Chino Guay, al que denomino de este modo porque no sé cómo se llama y vende los ingredientes de la sopa agripicante que ahora se cocina en mi casa, Bajoelvolcán Vinilos y Libros, donde me gasto el dinero que a veces no tengo, Olivia Bar, el garito al que yo iría si yo fuera de bares, Supermercado Día, que cuando abrió tuvo una movida a propósito de los cimientos con la comunidad de vecinos que quedó en agua de borrajas, La Inquilina, que más que llamarme me repele, Viva Chapata, donde ponen comida vegana hecha con cariño, Café Barbieri, cuya ornamentación me desata complejo de clase, etc, etc. El tramo comercial que va de mi casa a la Plaza de Lavapiés, en definitiva. Y ya en la plaza, donde ahora desemboco, el sonido de un radiocassette emite un merengue pachanguero, cinco niños juegan al fútbol a balonazo limpio, una señora reparte vasos de plástico en los que se transparenta un líquido amarillento a un grupo de latinoamericanos, un guiri toca la guitarra sentado en un banco mientras se torna cada vez más rubio, un río de orina desbordado se aproxima desde Travesía de la Primavera, una nube de humo verde flota frente a la puerta del Carrefour, dos madres juegan en el minúsculo espacio recreativo de la plaza -tres columpios- con sus hijos, un hombre avanza haciendo eses en un monopatín con cara de querer registrarlo todo, tres bengalíes fuman de pie, otro pasa con un carro hasta arriba de cajas de fruta, una señora se queda parada frente al quiosco de prensa un buen rato y luego se va sin comprar nada, una lata de cerveza vacía comienza a levitar, un diente cae al suelo, una mancha de vino tinto se materializa en una sudadera blanca. Y, sí, un sobre con mil euros, de repente, deja de estar donde estaba.
domingo, 2 de noviembre de 2014
Entrevista a Efraín Rozas, de La Mecánica Popular
Hace unos meses, buscando música por la red, me dio por poner en la barra el buscador una conjunción loca: "salsa y psicodelia". Y esto fue lo que encontré.
Guau, me dije, ¿pero esto? Y saltaron todas las alarmas de mi habitación. Busqué el disco al que pertenecía el temazo y, boom, desde ese día me declaro fan de La Mecánica Popular. Pero fan-fan. Fan hasta el punto de proponerle a uno de sus integrantes, Efraín Rozas, una entrevista.
Él, tan majo, accedió.
Antes de nada quería preguntarte por los comienzos de tu relación con la música. ¿Hay algún músico en tu familia? ¿Qué escuchabas de pequeño? ¿Y de adolescente? ¿Qué tipo de música te dejó de gustar y a cuál le has sido fiel a lo largo de los años?
Mi abuelo era un aficionado al arte en general. Un tío mío es uno de lo más importantes compositores académicos de Perú, un pionero en usar música andina en ese contexto, y mi madre escuchaba músicas muy diversas en su radio. Siempre escuché de todo, rock, pop, andino, afro latino, clásico; luego jazz. Ya más grande empecé a investigar en grabaciones de campo tradicionales de muchos países, en las vanguardias... amo la música y más bien cada vez escucho más cosas.
Con la Mecánica Popular no he tocado en Perú así que no podría decirte. Pero mi intuición es que aquí en NYC hay una avidez por lo nuevo y una voluntad de apoyar al artista para que pueda desarrollar su sonido. Porque todo gran artista pasa un proceso de desarrollo que requiere un apoyo curatorial, económico, de difusión, para que puede florecer y explotar.
Pues aquí se está empezando a armar una pequeña e interesante escena con Los Hacheros, Williamsburg Salsa Orchestra y Djs que están volviendo a la salsa dura que nació aquí.
A un año del lanzamiento del disco, ¿cuál ha sido la respuesta de la prensa cultural?
Guau, me dije, ¿pero esto? Y saltaron todas las alarmas de mi habitación. Busqué el disco al que pertenecía el temazo y, boom, desde ese día me declaro fan de La Mecánica Popular. Pero fan-fan. Fan hasta el punto de proponerle a uno de sus integrantes, Efraín Rozas, una entrevista.
Él, tan majo, accedió.
Antes de nada quería preguntarte por los comienzos de tu relación con la música. ¿Hay algún músico en tu familia? ¿Qué escuchabas de pequeño? ¿Y de adolescente? ¿Qué tipo de música te dejó de gustar y a cuál le has sido fiel a lo largo de los años?
Mi abuelo era un aficionado al arte en general. Un tío mío es uno de lo más importantes compositores académicos de Perú, un pionero en usar música andina en ese contexto, y mi madre escuchaba músicas muy diversas en su radio. Siempre escuché de todo, rock, pop, andino, afro latino, clásico; luego jazz. Ya más grande empecé a investigar en grabaciones de campo tradicionales de muchos países, en las vanguardias... amo la música y más bien cada vez escucho más cosas.
¿Cuáles
son tus referentes actualmente?
Faltydl, un disco de “Rara” o “Gagá” de Haití, los blues de Hendrix,
las épocas más improvisatorias de Santana, Dj Rashad (de la movida Footwork de Chicago). Y lo de Miles Davis con Pete Cosey (un superguitarrista).
¿Qué
debemos entender por música popular en el siglo XXI?
Pues, la verdad, eso de dividir música popular y académica en 100
años me parece que va a desaparecer. La música que escucho
justamente rompe ese esquema.
“Cuando
estaba pinchando en Lima, un amigo me hablo de los hipsters peruanos.
Me dijo que era un fenómeno nuevo, creado a partir de 2009 bajo la
influencia de la web Pitchfork. Esos hipsters me pidieron que les
trajera de Nueva York algunas copias de Roots of Chicha, un
recopilatorio de cumbia psicodélica, para ahorrarse gastos de
exportación. Lo curioso es que muchas de las cumbias recogidas en el
disco las pueden encontrar mucho más baratas en las tiendas de
segunda mano de su propia ciudad.” ¿Qué te parecen
estas palabras de DJ/rupture?
Mmm. Pues por un lado me parece exagerado, la gente que le dijo eso debe
ser una élite bien exclusiva porque la chicha ha permeado en todo
Perú. Son coletazos de colonialismo, ¿no? Ese aislamiento. Por otro
lado me parece que el movimiento del global bass/world electronics al
que de alguna manera pertenece Dj/rupture es también el soundtrack
de la expansión de la modernidad, un world music 2.0, traduciendo
sonidos locales a un sonido mas “global” que en realidad es un
sonido más Europeo, más de Estados Unidos. Ojo, ¡Dj/ruture me parece
interesante muscialmente! Lo que me parece peligroso es cuando solo
le damos cabida a UN solo estilo. ¡Que haya Dj/rupture! Pero que junto
a él los productores pongan a Meridian Brothers o Tomas Tello que
hacen una electrónica con elementos tradicionales pero con un
enfoque muy distinto, que es bien diferente a la aproximación
hipster de la que hablas, la segunda generación del
world music y todos los estereotipos que este último tiene. Pero en
este juego de hegemonías creo que nadie se salva, todos estamos en
la red de poderes y hay que estar con los ojos bien abiertos y ser bien
honestos.
Habéis
hecho muchas actuaciones en Nueva York, ¿qué diferencias encuentras
entre el público peruano y el estadounidense?
Con la Mecánica Popular no he tocado en Perú así que no podría decirte. Pero mi intuición es que aquí en NYC hay una avidez por lo nuevo y una voluntad de apoyar al artista para que pueda desarrollar su sonido. Porque todo gran artista pasa un proceso de desarrollo que requiere un apoyo curatorial, económico, de difusión, para que puede florecer y explotar.
Una pregunta importante: ¿baila
la gente en vuestros conciertos?
SIEMPRE.
Ese es el sentido de la banda.
¿Cuál
es el panorama actual de la salsa? ¿Se puede hablar de comunidad
salsera o sólo de una escena en la que cada cual va a lo suyo?
Pues aquí se está empezando a armar una pequeña e interesante escena con Los Hacheros, Williamsburg Salsa Orchestra y Djs que están volviendo a la salsa dura que nació aquí.
¿Qué
grupos salseros nos recomiendas?
Contemporáneos
Los Hacheros, Bio Ritmo, Williamsburg Salsa Orchestra y de siempre
Ray Barretto y Eddie Palmieri, mis héroes.
¿Cuál
es el último disco que no paras de escuchar?
Varios!
En este momento, mientras escribo, Blues, de Jimmy Hendrix.
Niño
de Elche, un cantaor flamenco experimental, dice en una entrevista que una de sus
grandes crisis como artista se produjo cuando tuvo que confrontar lo que cantaba con su vida
cotidiana. Una de las cosas que más me he entusiasmado de tu disco
es que uno puede cantar esas canciones y hacerlas suyas porque
conectan cierta sensibilidad actual. Dejé de escuchar a Ismael
Rivera por una canción: Si te cojo. ¿Crees que existe la
idea en el público de que la salsa promueve valores reaccionarios?
No
lo tengo muy claro. Pero ahora ando en una búsqueda de un lenguaje
más musical. He estado experimentando incluso con efectos, en los
que ya ni la voz se entiende. Es como mi experiencia con músicas en
inglés... no entendía pero había una transmisión misteriosa de
significado. Por ahí estoy explorando.
En
un panfleto antihipster publicado recientemente en España, Indies,
hipsters y gafapastas. Historia de una dominación cultural, su autor,
el crítico Víctor Lenore, habla de una ocasión en la que
entrevistó a Rubén Blades y dice: "Recuerdo
como una lección la vez que me tocó entrevistar a Rubén Blades en
2003. Comencé por comentarle que en Rockdelux habían escogido
su álbum Buscando América (1984) entre los doscientos mejores
discos del siglo XX. "¿En qué puesto me pusieron? ¿En el
doscientos?" Blades sabía que no existía ninguna posibilidad
de quedar entre los primeros. Sencillamente: era panameño y hacía
música para todos los públicos."
. ¿Que opinión te merecen estas palabras?
Mira, esa discusión de hipsters sí, hipster no, no me interesa mucho. Las etiquetas
no me gustan. De lo que sí te puedo hablar es de cómo ciertas
tendencias se entienden como “la vanguardia” o el “aquí y
ahora”, cuando en realidad hay muchas otras interesantes que
definitivamente no tienen los recursos para ser tan claras en su
menaje, o que por innovadoras no llegan a cuajar. Entonces más bien
hablemos de eso, de cómo en nuestro día a día excluimos algo
porque no se parece al mainstream o de cómo apoyamos a músicos
alternativos, de la periferia. Mira, ya hemos gastado bastante en
hablar de esas categorías, mejor pongamos la pregunta en estos
términos: ¿Cómo hacemos como músicos, público y productores para
que otras voces se visibilicen? No me interesa ser anti nada. Yo
tengo algo de hipster también. Me interesa todas las voces, las
hipster, las autistas, las LGBT. Que estén todas.
A un año del lanzamiento del disco, ¿cuál ha sido la respuesta de la prensa cultural?
Muy
bien, hemos tenido apoyo aunque es difícil también porque creo que
es un producto medio raro en el sentido de que es salsa pero no; tiene elementos de diferentes lugares. Igual nosotros ya hemos
logrado hacer algo más orgánico de tanto tocar en vivo, entonces el
siguiente disco será más inclasificable aún pero más orgánico. Y el
concepto será mas claro a la vez. Este disco tiene esa virtud y ese defecto. Se me viene a la cabeza la imagen de un injerto en una
planta. Aún se ven las uniones en el disco, pero ya van a salir las
frutas de ese injerto y parece que van a ser bien ricas.
¿Crees
que la salsa es un estilo musical que puede interesar a las nuevas
generaciones?
Yo
creo que cualquier estilo puede interesarnos si escuchamos con
atención.
¿ Ha tenido una buena acogida vuestro proyecto en entornos salseros más
clásicos?
Sí
y no. Siempre hay buena acogida. Aunque en los salsódromos más clásicos de NYC la gente nos aplaudió, se notaba que querían lo de
siempre. Igual siempre nos han escuchado con amabilidad y respeto y
lo han disfrutado.
Aquí,
entre tú y yo, ¿cuál es tu tema preferido del disco de La
Mecáncica Popular? ¿A qué canción le tienes más cariño? Yo
flipo mucho con Muy distinto; y con Guajiro.
Guajiro
y Sé que me olvidaste me parecen los temas mas logrados del disco.
Cuando
pongo en el bar vuestro disco siempre hay alguien que se acerca para
preguntarme, “Perdona, ¿esto qué es?”. Esa mezcla de psicodelia
y salsa... ¿Qué efecto queréis crear en el que os escucha?
Yo
creo que hay gente que hace música para ser parte y continuar una
escena, y otros hacen música para una escena que se imaginan. Yo me
imagino una fiesta de gente bailando salsa durísima pero a la vez
alucinando, casi meditando... en éxtasis... Creo que la religiosidad
afro cubana tiene algo de eso... llegar a lo más elevado a través del
cuerpo, del gozo, cosa que en occidente es medio contradictorio; para
algunos, al menos.
Bueno,
Efraín, muchas gracias. Si quieres añadir algo. Si tienes en mente
alguna pregunta que hubieras querido que te hiciera y no te he hecho,
adelante.
Muchas
gracias a ti! Por favor añade nuestro link de FB. Tenemos un show el
7 de noviembre en NUBLU... SALSA Y SEXO vol. 7.
Salsa y sexo vol. 7
Salsa y sexo vol. 7
martes, 28 de octubre de 2014
Diez cosas a tener en cuenta cuando se va a un bar
Hay un cartel en un bar de Lavapiés que dice lo siguiente:
En este bar el cliente es el rey pero el camarero es Dios.
Como creo más en las relaciones entre iguales aquí va un posible decálogo por el bien común.
1. El camarero está de servicio. Contra lo que pueda parecer a la mayoría los camareros no nos cuesta demasiado realizar ese trabajo afectivo que consiste en ser simpáticos. Los camareros preferimos trabajar en un ambiente de acolchada cordialidad antes que hacerlo en un lugar donde predomine el mal rollo. Pero no lo olvides: el camarero está trabajando, te ayudará siempre que pueda, escuchará lo que tengas que contarle en la medida de sus posibilidades, pero recuerda que tiene que atender a otras personas, cambiar el barril de cerveza, limpiar la barra, pegarle un grito al mangante que ahora mismo le está echando mano a tu cartera y un largo etcétera de pequeños deberes que hacen inviable la recepción continuada de tu mensaje-tabarra.
2. Al camarero, como a todo cristo, le gusta gustar pero no que le atosiguen. El camarero no se puede ir del bar, en ocasiones tiene que moverse dentro de una barra realmente minúscula, así que debes moderarte en tus comentarios a propósito del camarero. Sobre todo, querido cliente, debes abstenerte de opinar acerca de su físico en voz alta. Si ves que la camarera tiene los pezones de punta no hace falta que digas nada. Tampoco es necesario que la mires con cara de baboso. Si el camarero te parece atractivo pero no muestra interés alguno por las señales que le lanzas, claudica. Es un puto coñazo trabajar así.
3. El camarero no está borracho. El camarero no lleva tu pedal, como mucho se habrá bebido un par de cañas, así que no puedes obligarle a que muestre más alegría de la que muestra ni a que cante o baile esa canción de los Rolling que no conoce ni mucho menos a que se funda contigo en un fraternal abrazo y ¡ueeeeeo!
4. El uso generalizado del garrafón es un mito. De entre todos los bares donde la espalda del camarero ha ido arqueándose progresivamente no ha habido ni uno solo en el que se vendiera alcohol fraudulento. Así que la disposición a sospechar y esa estrategia de mirar fijamente a los ojos del camarero para ver si éste titubea cuando se le pregunta si será de garrafón el Red Label que llena la copa, se presentan como modos de proceder completamente obsoletos.
5. Da igual que conozcas al jefe. Frente a una negativa: "¿Está [nombre de pila del jefe] por ahí?". Esa forma de intentar vencer la resistencia del empleado apelando a una hipotética amistad con el jefe resulta particularmente miserable. Si ya no ponemos más copas da igual quién seas que no te vamos a poner nada. No estamos en un cortijo. El camarero no va a echar ni un minuto más sólo porque tú hayas estudiado con la jefa hace veinte años en Salamanca.
6. No dudes del camarero en aquello que sabe mil millones de veces con más rigor que tú, por ejemplo, la hora del cierre. "Pero, todavía no son las cuatro", "Cerramos a las tres", tras mirar su reloj, "¿Seguro?"
7. No des por hecho que el camarero es un farlopero. Ya no estamos en los noventa. Así que si se rasca la nariz reiteradamente no hace falta que hagas bromitas y pongas cara de doble sentido, seguramente será que es alérgico.
8. Un bar de copas no es el duty free de la moralidad. La palabra dada debe cumplirse como en cualquier otro lado.
9. Los regalos son voluntarios. Pedir cañas gratis, chupitos gratis, cosas gratis, alegando que has consumido mucho pone al camarero en una situación incómoda. Muchas veces no podrá invitar porque sus jefes no se lo permiten, otras veces no podrá porque hay que cumplir con unos objetivos de venta y otras simplemente no querrá. Repetir que no quince veces es muy cansino (Particularmente, prefiero que alguien me pida una caña porque no tiene dinero a que me exija algo gratis porque ha gastado mucho).
10. Y en último lugar pero no por ello menos importante: violencia etílica. El camarero no tiene que aguantar tus frustraciones mal llevadas ni tus delirios agresivos. Es muy, pero que muy, agobiante tener que lidiar con borrachos violentos. Si el camarero te dice que no te sirve más bebida, acéptalo, seguramente lo agradecerás al día siguiente.
En este bar el cliente es el rey pero el camarero es Dios.
Como creo más en las relaciones entre iguales aquí va un posible decálogo por el bien común.
1. El camarero está de servicio. Contra lo que pueda parecer a la mayoría los camareros no nos cuesta demasiado realizar ese trabajo afectivo que consiste en ser simpáticos. Los camareros preferimos trabajar en un ambiente de acolchada cordialidad antes que hacerlo en un lugar donde predomine el mal rollo. Pero no lo olvides: el camarero está trabajando, te ayudará siempre que pueda, escuchará lo que tengas que contarle en la medida de sus posibilidades, pero recuerda que tiene que atender a otras personas, cambiar el barril de cerveza, limpiar la barra, pegarle un grito al mangante que ahora mismo le está echando mano a tu cartera y un largo etcétera de pequeños deberes que hacen inviable la recepción continuada de tu mensaje-tabarra.
2. Al camarero, como a todo cristo, le gusta gustar pero no que le atosiguen. El camarero no se puede ir del bar, en ocasiones tiene que moverse dentro de una barra realmente minúscula, así que debes moderarte en tus comentarios a propósito del camarero. Sobre todo, querido cliente, debes abstenerte de opinar acerca de su físico en voz alta. Si ves que la camarera tiene los pezones de punta no hace falta que digas nada. Tampoco es necesario que la mires con cara de baboso. Si el camarero te parece atractivo pero no muestra interés alguno por las señales que le lanzas, claudica. Es un puto coñazo trabajar así.
3. El camarero no está borracho. El camarero no lleva tu pedal, como mucho se habrá bebido un par de cañas, así que no puedes obligarle a que muestre más alegría de la que muestra ni a que cante o baile esa canción de los Rolling que no conoce ni mucho menos a que se funda contigo en un fraternal abrazo y ¡ueeeeeo!
4. El uso generalizado del garrafón es un mito. De entre todos los bares donde la espalda del camarero ha ido arqueándose progresivamente no ha habido ni uno solo en el que se vendiera alcohol fraudulento. Así que la disposición a sospechar y esa estrategia de mirar fijamente a los ojos del camarero para ver si éste titubea cuando se le pregunta si será de garrafón el Red Label que llena la copa, se presentan como modos de proceder completamente obsoletos.
5. Da igual que conozcas al jefe. Frente a una negativa: "¿Está [nombre de pila del jefe] por ahí?". Esa forma de intentar vencer la resistencia del empleado apelando a una hipotética amistad con el jefe resulta particularmente miserable. Si ya no ponemos más copas da igual quién seas que no te vamos a poner nada. No estamos en un cortijo. El camarero no va a echar ni un minuto más sólo porque tú hayas estudiado con la jefa hace veinte años en Salamanca.
6. No dudes del camarero en aquello que sabe mil millones de veces con más rigor que tú, por ejemplo, la hora del cierre. "Pero, todavía no son las cuatro", "Cerramos a las tres", tras mirar su reloj, "¿Seguro?"
7. No des por hecho que el camarero es un farlopero. Ya no estamos en los noventa. Así que si se rasca la nariz reiteradamente no hace falta que hagas bromitas y pongas cara de doble sentido, seguramente será que es alérgico.
8. Un bar de copas no es el duty free de la moralidad. La palabra dada debe cumplirse como en cualquier otro lado.
9. Los regalos son voluntarios. Pedir cañas gratis, chupitos gratis, cosas gratis, alegando que has consumido mucho pone al camarero en una situación incómoda. Muchas veces no podrá invitar porque sus jefes no se lo permiten, otras veces no podrá porque hay que cumplir con unos objetivos de venta y otras simplemente no querrá. Repetir que no quince veces es muy cansino (Particularmente, prefiero que alguien me pida una caña porque no tiene dinero a que me exija algo gratis porque ha gastado mucho).
10. Y en último lugar pero no por ello menos importante: violencia etílica. El camarero no tiene que aguantar tus frustraciones mal llevadas ni tus delirios agresivos. Es muy, pero que muy, agobiante tener que lidiar con borrachos violentos. Si el camarero te dice que no te sirve más bebida, acéptalo, seguramente lo agradecerás al día siguiente.
martes, 21 de octubre de 2014
Niño de Elche lo sabe
Cuenta Niño de Elche en una entrevista para Mapa Sonoro que una de sus grandes crisis como artista se produjo cuando tomó conciencia de que muchas de las letras de flamenco que cantaba tenían muy poco que ver con su vida cotidiana, y que una vez que se abrió a otro tipo de textos, sobre todo a través de la poesía y de los cantautores, y estableció un discurso propio, ya fueron las estructuras clásicas del flamenco las que se le quedaron pequeñas.
Si hay algo que nos aleja de la llamada música popular es la caída de ésta en el anacronismo. Eso no quiere decir que todo lo antiguo haya dejado de tener validez. Hay canciones de la tradición que todavía funcionan, que todavía tienen que ver con nosotros, canciones que aún nos sirven para celebrar la vida y para llorarla, precisamente porque hablan de cosas que siguen pasándonos, de sentimientos muy nuestros, de injusticias que aún padecemos, de amores que encontramos o que perdimos, de amigos que se fueron; las otras, aunque podemos apreciarlas, no son más que piezas de museo.
Y al museo se va algún domingo, pero no todos los días.
Niño de Elche, Me sobra el corazón.
Si hay algo que nos aleja de la llamada música popular es la caída de ésta en el anacronismo. Eso no quiere decir que todo lo antiguo haya dejado de tener validez. Hay canciones de la tradición que todavía funcionan, que todavía tienen que ver con nosotros, canciones que aún nos sirven para celebrar la vida y para llorarla, precisamente porque hablan de cosas que siguen pasándonos, de sentimientos muy nuestros, de injusticias que aún padecemos, de amores que encontramos o que perdimos, de amigos que se fueron; las otras, aunque podemos apreciarlas, no son más que piezas de museo.
Y al museo se va algún domingo, pero no todos los días.
Niño de Elche, Me sobra el corazón.
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